martes, 3 de diciembre de 2013

El Fantasma de las 10.000 Leguas (Dan Milner, 1955)



La vida en la década de los 50 no tuvo que ser fácil. El mundo estaba aún recuperándose de la tragedia de la Segunda Guerra Mundial, las imágenes de la devastación provocadas por las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki estaban frescas en las retinas de todo el planeta y, por si no fuera poco, el miedo a una posible escalada belicista entre las dos potencias del momento (EEUU y URSS) planeaba en el ambiente. Este era el caldo de cultivo propicio para que se gestasen películas como la que hoy nos ocupa: El Fantasma de las 10.000 Leguas. Esta no es, ni de lejos, la mejor película de su década pero refleja claramente ese ambiente de crispación en el que se vivía en aquel momento. También apunta una constante que veremos en repetidas ocasiones en otras películas coetáneas: todo es culpa de la ciencia porque la ciencia es la que creo la bomba atómica.

En una tranquila playa empiezan a aparecer cadáveres con unas extrañas quemaduras. Se habla de un misterioso “fantasma” pero todo apunta a que un investigador oceanográfico está detrás del asunto y las consecuencias pueden ser aún más grandes…



Efectivamente, la culpa la tiene la ciencia. Ya hemos hablado de la figura del mad doctor, ese científico que, en aras de la ciencia y el conocimiento, es capaz de llevar a cabo los experimentos más terribles sin plantearse ni sus consecuencias ni sus implicaciones morales. Ejemplo arquetípico de un mad doctor es Victor Frankenstein, el creador de Frankenstein.


Los científicos de las películas de los 50 también podrían entrar en la clasificación de mad doctor. No suelen ser personajes malignos ya que sus intenciones son buenas. Normalmente tardan en actuar demasiado tiempo y cuando se dan cuenta de lo que han hecho, se arrepienten pero el mal ya está hecho. Muchas veces acaban pagándolo con su vida, bien porque se sacrifican para solucionar lo que han provocado o bien porque su experimento se vuelve contra ellos. En este caso, como se suponía, el científico es el culpable. Sus experimentos le llevaron a crear un rayo atómico que acaba causando increíbles mutaciones en criaturas marinas.


El bicho en si, feo como un demonio, se dedica a acechar a todo aquel incauto que se adentra en el mar. Como su origen es atómico, sus víctimas mueren a causa de la radiación y de ahí las quemaduras que tienen los cadáveres. Lo curioso es que esas terribles quemaduras no se ven en ninguno de los cuerpos que aparecen en la película, pero ya sabéis, son cosas de la serie B. Dirige Dan Milner, quien tuvo una efímera carrera como director lo cual no evitó que rodase una de las películas más bizarras que yo haya visto jamás: From Hell It Came, y entre el reparto destacan los televisivos y asiduos a proyectos de bajo presupuesto Kent Taylor y Michael Whalen y Cathy Downs, a quien veríamos en esa misma década en The She Creature y Missile to the Moon.


¿La recomiendo? pues si os gusta el sci-fi de los 50 no os va a quedar otra más que verla porque tiene todos los elementes esenciales del cine de esa época. A los que no os vaya este cine, pasando, seguramente os aburriréis.

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