La vida en la
década de los 50 no tuvo que ser fácil. El mundo estaba aún recuperándose de la
tragedia de la Segunda Guerra Mundial, las imágenes de la devastación
provocadas por las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki estaban frescas en
las retinas de todo el planeta y, por si no fuera poco, el miedo a una posible
escalada belicista entre las dos potencias del momento (EEUU y URSS) planeaba
en el ambiente. Este era el caldo
de cultivo propicio para que se gestasen películas como la que hoy nos ocupa: El Fantasma de
las 10.000 Leguas. Esta no es, ni de lejos, la mejor película de su década pero
refleja claramente ese ambiente de crispación en el que se vivía en aquel
momento. También apunta una constante que veremos en repetidas ocasiones en
otras películas coetáneas: todo es culpa de la ciencia porque la ciencia es la
que creo la bomba atómica.
En una tranquila
playa empiezan a aparecer cadáveres con unas extrañas quemaduras. Se habla de
un misterioso “fantasma” pero todo apunta a que un investigador oceanográfico
está detrás del asunto y las consecuencias pueden ser aún más grandes…
