Seguimos en plena temporada de premios y este sábado 7 de febrero tocaba
disfrutar de la noche del cine español. El maestro de ceremonias era el
archiconocido Dani Rovira y esa elección al final resultó ser premonitoria de
lo que luego pasó en la gala ya que lo cómico y lo andaluz fueron los
protagonistas de la noche. Empezamos.
Después de la desastrosa gala del año pasado, los organizadores de la de
este año se habían propuesto hacer las cosas de otra manera y, por eso,
decidieron contar con un valor seguro: Dani Rovira. ¿Y qué tal lo ha hecho Dani
Rovira? Pues, en mi opinión, ha ido de más a menos. Empezamos con el
correspondiente speech del
presentador, speech que duró casi
media hora y que ya nos anunciaba que en esta gala iba a tener mucha presencia
el “humor” (sí, entre comillas) y que todo iba a ser más largo de lo esperado. No
quería empezar con los palos tan pronto pero es que es imposible no hacerlo.
Estaba previsto que la gala de los Goya acabara sobre la 1 de la mañana
pero, finalmente, acabó a la 1.45 y los que aguantamos hasta esas horas lo
único que pedíamos es que acabara ese suplicio. La gala fue un auténtico
coñazo, alargada innecesariamente con intervenciones tan bochornosas como la de
Alex
O’Dogherty (no fue suficiente con la del año pasado, que este año tuvo
que volver a cantar), números cómicos sin gracia ninguna (después de tantas
horas de gala, pocas cosas hacen gracia), actuaciones musicales que nadie sabe
que pintaban en esta gala y, sobre todo, discursos de los galardonados que se
hacían eternos (qué me decís del de los productores de La Isla Mínima). El resultado
acabó siendo el dicho: un auténtico coñazo. Y por eso, aunque al principio
parecía que Dani Rovira no lo estaba haciendo mal, al final, cada vez que
lo veías aparecer y enrollarse un poco, te daban ganas de apagar la tele y
pasar de esa tortura de gala.



