Cuando en 1994 Fernando Trueba recibió el Oscar a la mejor película de
habla no inglesa por Belle Époque y,
en su discurso de agradecimiento, vino a
decir que Billy Wilder era Dios, yo ya conocía a Billy Wilder pero no
tenía muy claro si era digno de semejante halago. Con el paso del tiempo, he
ido dándome cuenta de que Trueba no
pudo estar más acertado esa noche y que, incluso, se pudo quedar corto. Billy
Wilder fue un genio y muchas de sus películas deberían ser de obligado
visionado para cualquiera que se considere “cinéfilo” o “amante del cine”
porque sin ver películas como El Crepúsculo
de los Dioses o Perdición, la visión que alguien pueda tener de la historia del
cine es absolutamente incompleta.
La vida de Walter Neff (Fred MacMurray), un agente de
seguros de Los Ángeles, cambia el día que llega a la casa de un cliente y
conoce a su mujer, Phyllis Dietrichson
(Barbara
Stanwyck). Desde que la ve, cae rendido a sus pies, de tal manera que
no tardarán en urdir juntos un plan para deshacerse del marido de Phyllis y, de paso, cobrar una
sustanciosa indemnización.
